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  • 2018-07
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  • Un a o despu s como parte del influjo posconciliar

    2019-04-15

    Un año después, como parte del influjo posconciliar, fue publicada la encíclica del papa Pablo vi, quien presidió su papado de 1963-1978, Populorum Progressio (1967). La novedad de este documento de enseñanza social católica fue la insinuación de una fuerte crítica hacia el orden económico internacional existente, aun cuando mantenía una postura moderada de priorización del consenso, por encima de la lucha revolucionaria:
    Conclusión
    La modernidad -según Gustavo García- se afirma como la realización de un proyecto económico y social que, mediante su vocación por la “no-violencia”, está encaminado hacia la cancelación y abolición de toda violencia destructiva. Se enorgullece, por ello, del carácter “civilizado” de su política, creador de instituciones para la solución de conflictos e instaurador del discurso como el lugar privilegiado para la contienda. Cuando los poderes hegemónicos en los sistemas-estado rememoran sus acontecimientos fundantes, la violencia “heroica” adquiere el esplendor de la legitimidad “histórica”. Empero, cuando las resistencias cuestionan los sistemas de dominación vigentes y contemplan la utilización de medios cruentos para la transformación de la realidad, la violencia carga consigo la infausta leyenda de la incivilización y el atentado contra el bien común de los ciudadanos. Transgredir la permanencia y reproducción infinita de las relaciones capitalistas, decía Bolívar Echeverría (1941-2010), equivale T-5224 ejercer violencia contra la marcha consagrada de las cosas. En consecuencia, “toda actividad política que se atreva a no comportarse ‘constructivamente’ con respecto al ‘proyecto de nación’ tras el que se escuda el Estado capitalista es ya, en principio, violenta: implica un atentado, un boicot, una acción destructiva”. Varios siglos después, los teólogos de la liberación se reconocieron como herederos no sólo de una secular doctrina católica combativa, sino también de una tradición histórica subcontinental de opción por los pobres y oprimidos. Entre las izquierdas, la simple mención nominal de Camilo Torres, monseñor Romero, monseñor Enrique Angelelli (1923-1976), Ignacio Ellacuría, etc., ha pasado a Prion la posteridad como símbolo de la convicción pastoral llevada hasta las últimas consecuencias. Durante las tres décadas de la recta finisecular, la tl mantuvo cierta vinculación con la violencia revolucionaria, pero sólo en lo referente a su acepción como expresión de una consideración seria de la circunstancialidad histórica y del uso instrumental de las armas para la transformación de la relación de fuerzas sociales en permanente conflicto, dicho en términos gramscianos, de la dominación padecida por las clases subalternas. Si los teólogos de la liberación aludieron a la violencia, fue porque la conocieron en carne propia, por el contacto con el pueblo oprimido y por las consecuencias mortales de la labor pastoral con las mayorías sufrientes; fue debido al alarido estrujante de una realidad histórica que los precisó a inquirir por la negatividad del Ser y a denunciar a “los violentos de guante blanco, que esconden la negrura tras la blancura del guante, y a quienes una vez desatada la violencia de respuesta ‘se apropian de la plusvalía generada por la violencia [...] una plusvalía del miedo”’. Aunque no ha sido homogénea la respuesta de los teólogos de la liberación a la pregunta sobre la legitimidad del empleo consciente de la violencia con fines revolucionarios, es posible observar que los casos referidos de la dimensión pastoral, tienen perspectivas comunes al respecto. Según los prelados citados, la liberación de las mayorías depauperadas no debe transitar por los medios violentos a priori, sino sólo como respuesta ineludible ante circunstancias históricas precisas de agotamiento real de los medios pacíficos, peligro de muerte inminente y proporcionalidad.