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    2019-05-13

    En el documental Tacos altos en el barro (Rolando Pardo, 2014), una de las travestis afirma que “somos seres humanos igual que ustedes”, mientras se esparce una crema por su rostro, rodeado de carencias económicas y de infraestructura de todo tipo. Esta cinta se ocupa de la relación entre prostitución y travestismo con la peculiaridad de que sus protagonistas pertenecen alkaline phosphatase inhibitor los pueblos originarios del norte de Salta y Jujuy. Wanda, Paola, Killy, Zaira y Daiana viven dentro de sus comunidades guaraníes, chorote, chaní y orgullosamente resisten el lugar marginal que ocupan en el mundo. El entramado de identidades que propone la película está doblemente sostenido por el género, por un lado, y la etnia, por el otro. Las configuraciones familiares tampoco responden a los ideales de la clase media pequeño-burguesa. En el mismo entorno de casas de madera juntada y pisos de tierra conviven familias ampliadas, donde madres, padres, hermanos y primos no desconocen ni condenan el trabajo de prostitución de las protagonistas. Una de ellas afirma: “para ser travesti hay que tener mucho huevo”, indicando que el mismo hombre que por las noches paga por sus servicios es quien a la luz del día le grita: “puto”. Otro problema que visibiliza este documental es la relación entre el travestismo, la prostitución y las fuerzas de seguridad. A pesar de la Ley de Identidad de Género vigente en Argentina, la película explícita que en las zonas menos urbanas del interior del país existe una policía no controlada por el poder democrático. De este modo, Tacos altos en el barro permite visibilizar una realidad que es ajena al modelo de “normalidad” tanto hétero como gay, dando cuenta, en palabras de Butler, que “ciertas vidas están altamente protegidas (...) [y] otras vidas no gozan de un apoyo tan inmediato y furioso y no se calificarían incluso como vidas que valgan la pena”. Tanto este documental como Madam Baterflai enseñan y arrojan luz sobre la existencia de modelos de transgeneridad y homosexualidad que no responden a los cánones impuestos y reproducidos sistemáticamente desde el exterior, sino que en cambio se nutren de las especificidades propias de la confluencia de identidades que nutren la argentinidad. No resulta complejo asociar los personajes lemebelianos con quienes alimentan las imágenes de estos documentales. La marginalidad de todos ellos “marca la manera en que estos cuerpos materializan la norma hegemónica metropolitana desde condiciones de pobreza, dejando en evidencia que no todos los sujetos pueden acceder de igual manera a ese Olimpo de la belleza, porque el género no es una construcción ajena a las regulaciones sociales de la clase y la raza, las cuales también trazan los límites de la inteligibilidad de los cuerpos”. Por tal motivo, la condición amenazante de las sexualidades disidentes para la hegemonía hetero-gay “adquiere una complejidad distintiva especialmente en alkaline phosphatase inhibitor aquellas coyunturas donde la heterosexualidad obligatoria funciona al servicio de mantener las formas hegemónicas de la pureza racial”. De esta manera, así como las crónicas lemebelianas y los ensayos de Perlongher resisten contra un modelo normativizante de ciudadanía consumista y neoliberal que excluye al mestizaje en favor de la higienidad, la moralidad y el paradigma primermundista, Tacos altos en el barro y Madam Baterflai ofrecen una mirada en clave queer que permite problematizar las disidencias sexuales desde esa misma perspectiva, permitiendo visibilizar de un modo inédito aquellos cuerpos y aquellas historias que usualmente quedan relegadas a pyloric sphincter la abyección. De acuerdo con esta línea argumentativa, como bien señala Alejandro Modarelli, la homosexualidad en la cinta de ficción, Vil romance (José Campusano, 2009), se destaca más que nada por proponer un universo exterior al que consigna que “lo gay debe ser cool”. La película no ofrece bellos jovencitos rubios propios de series televisivas inglesas como Queer as folk ni galanes sudamericanos, como ha incluido la tira televisiva argentina que más repercusiones tuvo en los últimos tiempos. Tampoco, señala Modarelli, los cuerpos de Vil romance se asemejan a los cuerpos neoclásicos de Plata quemada (Marcelo Piñeyro, 2000). En cambio, los personajes del conurbano bonaerense que la película en cuestión presenta se ubican en los márgenes territoriales del modelo gay hegemónico globalizado. Los cuerpos que presenta Vil romance pertenecen a una estética de lo hórrido. Visten ropas extrañas al mundo de la moda, cortes de pelo fuera de cualquier paradigmafashion al tiempo que transitan por espacios públicos y privados alejados de cualquier estética pintoresca o deseable. Los barrios y zonas geográficas donde se mueven estos cuerpos, así como a los que ellos mismos hacen referencia, tampoco representan espacios codiciables. La estética en la película es del orden de un realismo del conurbano bonaerense profundo sin ningún tipo de maquillaje, ya sea dado por la iluminación, las locaciones, la apariencia de los personajes o la elección de los actores. Estos últimos, además, no son profesionales y los diálogos que se dan entre ellos refuerzan la idea de rechazo de la formalidad propuesta. No hay intento alguno de utilizar los cánones de belleza occidentales tradicionales para filtrar este realismo brutal que inunda cada plano. Sin embargo, la estética monstruosa de esta cinta no sólo se ancla en los aspectos formales. La secuencia inicial del relato muestra unos cuerpos subidos de peso, velludos y viejos en una suerte de encuentro orgiástico con música de cumbia, diegética, en la cual encontramos, y esto lo sabremos luego, a madre e hija compartiendo una escena sexual con otros dos hombres. Pero esto no acaba aquí, ya que en plena fiesta sexual vemos llegar a Roberto, joven protagonista homosexual, quien desde la ventana observa la situación en la cual su madre y su hermana comparten la juerga. Roberto y su progenitora encuentran sus miradas a través de una ventana, sin representar barrera alguna para que la acción proceda. El hijo desiste de entrar a la casa y la madre continúa con su frenesí sexual.