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  • En el libro de Morales

    2019-05-13

    En el libro de Morales Carazo este transparente desciframiento del nacionalismo oculto de los “contras”, se produce con enzastaurin en un acto de enmascaramiento literario, que refiere a Pablo Antonio Cuadra. El autor hace una lectura del sujeto campesino y sus valores a partir de su convivencia con los combatientes, en la que él escoge el seudónimo simbólico de Tolentino Cifar. Con este seudónimo Morales Carazo usa dos personajes literarios. Uno —Tolentino— proviene de un cuento de Pedro Joaquín Chamorro, en el que un maestro de escuela decide hacer una precaria campaña presidencial contra un dictador (por antonomasia, Somoza). Cifar, por su parte, sale de la poesía de Pablo Antonio Cuadra, y constituye una idealización semi-épica de un pescador-campesino del Lago de Nicaragua. La escritura de Morales Carazo está dominada, pues, por el deseo de inscribir al combatiente de la “contra” dentro de cierta tradición nacionalista letrada, en la que confluyen la civilidad patética del dirigente de la “contra\"(pues el Tolentino Camacho del cuento no podrá obtener la presidencia bajo el sistema dictatorial), con la idealización literaria cristiana elaborada en torno al campesino. Desde la ideología de Morales Carazo, Tolentino Cifar representaría la alianza enigmática entre los sectores de la derecha oligárquica y los campesinos de la “contra”. Al igual que en la obra de teatro de Cuadra, hay una atribución ideológica evidente que intenta cerrar la brecha entre dirigente y campesino. Es como si la alegada convivencia de Morales Carazo con los campesinos encontrara un cauce identificatorio, por medio de los personajes literarios invocados, que son los modelos de subjetividad nacional a los que los “contras” podrían aspirar. Se activa de esa manera una operación populista en que los signos ideológico-literarios (el campesino en su pureza cristiana) se avivan dentro de la lucha por la hegemonía en el contexto de la revolución sandinista. Para resumir esta parte: en el momento de la transición política desde la revolución popular de 1979 al predominio neoliberal de las recientes décadas, se reactiva la nula representabilidad de los pobres como una idealización de las élites. Esta es una operación ideológica cuya genealogía se puede rastrear en los impulsos populistas de la literatura nacional vanguardista, y en la forma de representar a los “contras” como sujetos de una supuesta pureza no ideológica.
    Campesinos y sandinistas dentro de la ley Durante las dos décadas anteriores a la revolución, este proceso de idealización y control tuvo como uno de sus temas fundamentales la migración del campo a la ciudad, lo que hace pensar en la localización social y la labor productiva del sujeto campesino. Este tema fue frecuente en los debates de la época, y de influencia notable en la concepción de reforma agraria del gobierno sandinista con su correlato de constitución de un nuevo sujeto campesino. En la genealogía de tal debate resultaron importantes textos como la novela ¡Vuelva, Güegüence! (1970) de Pablo Antonio Cuadra, o el estudio sociológico de Reynaldo Antonio Téfel, El infierno de los pobres (1970). Cuadra dio continuidad a la problemática de Por los caminos van los campesinos, al intentar una reconceptualización del sujeto nacional. Perdida su gloria colonial, provinciana y campesina ante el enzastaurin avance de la modernidad burocrática, el Güegüence llega a la ciudad y deviene en marginal. En la narración de Cuadra, la diferencia entre el campo y la ciudad, entre “fuerano” o “poblano” y habitante de la urbe, se conceptualiza como el choque entre el sujeto culturalmente puro con la ciudad. El relato refleja las preocupaciones de Cuadra por los campesinos marginales en la ciudad, en tanto nuevos sujetos de la cultura nacional. El Güegüence y su familia, como representantes paradigmáticos de la nacionalidad, guardan de forma arcaica, carente y misteriosa, las marcas de una cultura nacional en peligro de desaparecer, por las mutaciones que conlleva la modernidad y la burocracia. Es evidente que Cuadra, en el contexto de finales de los años sesenta, integra en su obra los discursos desarrollistas, la ascendente teología católica posconciliar, y su antigua tendencia a idealizar el estatuto colonial de los campesinos y de las provincias.