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  • La descripci n de la batalla de Churubusco

    2019-04-15

    La descripción de la batalla de Churubusco obtiene un grado mayor de dramatismo en el tiempo presente, índice de un tiempo congelado, eternizado en un momento histórico, aunque no en sitio sino desde el punto de vista de Juan Bolao (“que subía al mirador”) desde la Quinta de San Jacinto, lugar campestre y de vida pastoral ahora asediado por el enemigo. El desastre está próximo. Lo que parece nuciferine primera vista una escena de aparente intento humorístico de parte de Payno (los dos soldados americanos disparando tiros, “perseguidos por un grupo de mexicanos con un lazo en la mano”), al contrario acentúa dos puntos: en primer lugar, la superioridad en armamentos modernos del ejército de los Estados Unidos junto al valor del soldado mexicano (en el capítulo LXIII, titulado “La fuga”, el narrador-cronista comenta: “los mexicanos […] son incansables en la guerra. Los derrotan hoy, y al día siguiente aparecen luchando otra vez como si nada les hubiese sucedido”); en segundo lugar, un paralelo que a Payno no se le habrá ocultado, razonamiento del siglo xix en relación a la conquista de Tenochtitlan: la superioridad tecnológica en las armas de Hernán Cortés y sus soldados, en ocasiones perseguidos por guerreros aztecas con macana y mecate en mano. El argumento de la novela acelera su ritmo a partir de este capítulo hasta llegar al penúltimo, titulado “La fuga”, en el que el “panorama” exhibe su fuerza descriptiva como estilo narrativo. La perspectiva se establece de nuevo desde la Quinta de San Jacinto (“[Bolao] subió al mirador y observó la ciudad como en fuego. En la oscuridad de la noche se distinguían las llamas de un incendio y se veían los relámpagos rojos que formaban los tiros de los fusiles” [2000b: 646]), proyectando por medio de imágenes apocalípticas una realidad infernal y un fin de mundo que traen a la mente no solo el desplome de Tenochtitlan como civilización, sino la destrucción de Roma por la barbarie del norte, por consiguiente como consecuencia de una guerra basada en diferencias religiosas y culturales. En estos pasajes narrativos, Payno luce magistral-mente su poética de la novela, según fue expuesta en la introducción de Pastor Fido, poética que depende a la vez de una “buena dosis de entusiasmo y de pasión”. Payno lleva al lector al centro de la ciudad de México para que sea testigo de lo que el hombre es capaz cuando se trata de herir, matar o destruir, con ciudadanos y ejército mexicanos repitiendo en la historia lo hecho por aztecas de antaño, defendiéndose y confirmando en una guerra a aneuploidy muerte la convicción en aumento de su destino no solo como nación, sino como civilización. La relación sincrónica de acontecimientos históricos —la conquista de Tenochtitlan, la Guerra de Independencia, la invasión norteamericana— se entienden por medio de una estética de la sublimidad en la obra de Payno, es decir, en los límites mismos de la representación literaria cuya insuficiencia discursiva es incapaz de dar expresión a lo inconcebible: la mortandad y devastación en la ciudad de México durante la guerra contra los Estados Unidos. Esta misma sublimidad artística es lo que facilita en Payno el uso del “panorama”, utilizado en distintas partes al final de la novela, incluso en relación al sitio de Tenochtitlan de acuerdo a 1) diferencias tecnológicas en las armas (“en armas somos muy inferiores. Esos rifleros de Missisipi, son peor que el mismo demonio […] mientras nuestros soldados tiran un balazo ellos disparan diez”); 2) anacronismos históricos en los que la repetición es tácita (“se atrevían a hollar con su inmunda planta la capital de Moctezuma”; “el general Xicoténcatl, con casi todo su batallón, pereció en el bosque”); 3) desde una perspectiva mesoamericana (“el triste espectáculo que presenta una población numerosa que va a ser tomada a sangre y fuego”), amenaza militar que se visualiza como imagen en oposición de agua + fuego, difrasismo náhuatl que significa agua quemada (atl tlachinolli), es decir, una guerra a muerte, a sangre y fuego; 4) la angustia de ver a hermanos aliados del invasor (“un tropel de contraguerrilleros traidores […] gritando ‘¡Muera México!’ ”), asociados por la memoria histórica con Tezcoco unido a las huestes de Hernán Cortés; y, por fin, 5) la catástrofe final: “la conquista de la capital está consumada” (2000b: 644; para las demás citas: 542, 556, 587, 605, 648-649 y 640, respectivamente).